César Pelli: el hombre inspirado
hace 3 meses
César Pelli: el hombre inspirado

Él, de entre todos los hombres. Él, que fue hijo de un desempleado y de una profesora. Él, que creció en una casa chorizo de la calle Ayacucho, cerca de la plaza San Martín. Él, que de niño dibujaba mansiones. Él, arquitecto; tucumano. Él, César Pelli, dice:

- Acá está hermoso. Debe hacer unos 82 grados Fahrenheit. Me gusta el calor.

- ¿Eso ha cuánto equivale?

- Jajajaja. No sé. Ya no sé cuál es mi tierra. No sé si es aquella en la que nací, o esta en la que vivo.

El hombre sin tierra tiene 90 años. La mañana acaba de desperezarse en New Haven, Connecticut, Estados Unidos. Ha desayunado unos alcauciles (alcachofas, dice él), un huevo pasado por agua -durante cuatro minutos- y una tostada. Todavía con modorra y mientras una taza de café americano lo aguarda humeante, su lápiz acaricia el papel. Ha soñado con las torres de Babel, el primer intento humano por acercarse al cielo, y la somnolencia lo ha inspirado. Si la musa atina, tal vez el esbozo se transforme en otra bailarina rodeada de granujas, como suelen llamar a los edificios suyos. César Pelli es el señor de los rascacielos. El arquitecto cuyo apellido se ha convertido en una marca. El hacedor de algunas de las maravillas del mundo, si de arquitectura se habla.

Con todo, dice que su mejor antecedente es haberse graduado en la Universidad Nacional de Tucumán. Su ayer se arremolina en el otrora estudio de arquitectura y urbanismo de ese claustro (”era grandioso, con gente capaz y que contagiaba su entusiasmo; eso se ha perdido”), en aquella casa de patio y habitaciones en hilera y en el colegio Nacional (”me gradué a los 15 años porque mi madre tenía la costumbre de adelantarnos”). Hasta que un día de 1952, a sus 26 años, partió discretamente hacia Illinois. Tenía una beca, una habitación en una casa compartida y una esposa embarazada. Como el dinero no le alcanzaba, buscó un trabajo para las noches. Hasta que un profesor lo presentó en el estudio de Eero Saarinen -un renombrado arquitecto estadounidense-. Luego pasó al estudio de Victor Gruen, por primera vez como socio en vez de empleado.

De ahí en más, se fraguó su talento indiscutido. Entró en la historia de la mano de las Torres Petronas de Kuala Lumpur, en Malasia. Con sus 452 metros, fueron los edificios más altos del planeta, hasta que en 2003 los desbancaron los 508 metros de la torre Taipei, en Taiwán. Entre las obras del César se destacan, también, el complejo World Financial Center, en Manhattan; el Jardín de Invierno de las Cataratas del Niágara, que conecta un centro de convenciones con la caída de agua; y el 777 Tower, una construcción de oficinas en California. Recibió más de 100 premios en toda su carrera, fue decano de Arquitectura en la Universidad de Yale y ha abierto estudios en Nueva York, Shangai, Tokio y -en breve- Dubai.

- ¿Cómo ve a Tucumán?

- Creo que ha progresado. Pero me da pena que las obras importantes se las encarguen a arquitectos porteños o a extranjeros. Me preocupa la cantidad de profesionales que sale de la facultad de Arquitectura. Tucumán no puede absorverlos. Entonces, ¿qué futuro hay para esos jóvenes? Creo que la provincia necesita una economía dinámica. Eso les daría trabajo a los arquitectos y a muchos otros.

- ¿Qué opina de la arquitectura del gran San Miguel?

- El centro tucumano tiene características que me encantan... las galerías del microcentro... los naranjales. Los espacios verdes, como plazas y parques, hacen falta para mejorar la calidad de vida de la gente. Los gobiernos deben impulsarlos y los arquitectos tienen que colaborar para que existan.

- ¿Le gusta trabajar en Tucumán? ¿Qué puede decir sobre los proyectos en los que está inmerso actualmente?

- Tener un estudio allí sería una hermosura, pero no habría entradas económicas para soportarlo, jajaja. Sobre el nuevo aeropuerto, puedo adelantarle que estamos proponiendo una central única y distinguida. Será un placer ingresar. Habrá tres elementos culturales. Con respecto a la Casa de Gobierno, ha quedado chica para sus funciones. Por eso, se evalúa trasladarla a un terreno camino al El Cadillal. El edificio viejo podría quedar para cuestiones protocolares, y hasta abrir como museo. El centro deportivo de altura se ha detenido, hasta que encontremos un terreno.

- ¿Qué se debería hacer con los barrios cerrados? Usted los ha calificado, en una ocasión, de ghettos urbanos.

- Son un desastre. Destruyen la coherencia social de la gente; la separan en núcleos. En Estados Unidos no hay urbanizaciones privadas, porque la sociedad es un poco más equilibrada. Se trata de un fenómeno latinoamericano.

- ¿Qué antídoto podría proponer?

- No tengo una receta. Pero estoy seguro de que la solución pasa por la economía; no por la arquitectura. Se necesita una sociedad equilibrada. Se puede hacer una arquitectura distinta si tenemos una sociedad distinta. La arquitectura responde a la gente.

- ¿Cuál es su consejo para los arquitectos tucumanos?

- Cuando era joven, luchaba por la vida todos los días. Ahora, mi vida se encarga de ella misma. Si volviera a nacer, haría lo mismo. Me abriría camino, de nuevo. Tendría convicción en mí, de nuevo. Estaría dispuesto a trabajar duro, de nuevo. Sería optimista, de nuevo. Y elegiría algo para lo que tenga talento, de nuevo.

- ¿Qué lo hace feliz?

- Mi día, las plantas, los pájaros. Más tarde iré a una casa que tenemos al lado del mar. Me quedaré ahí, mirando cómo las olas llegan hasta la orilla. Y gozaré con esa simpleza.

- ¿Cuál es la lucha más dura que ha sostenido en su vida?

- Cada escalón significó una lucha.

- ¿Cuál es el prejuicio más difícil de modificar?

- El creer tener razón. Posiblemente lo padezco.

Los 82 grados fahrenheit de César Pelli (equivalen a 28 grados centígrados, dice Google) contrastan con los siete grados que se registran en Tucumán, al momento de la entrevista telefónica. Al enterarse de ese frío, dice que él es muy tucumano y que -en consencuencia- prefiere el calor. Cada vez que habla, Pelli suelta la estridencia de su risa. Sus 90 años no son lo que parecen. “Quiero volver en octubre. Es muy bonita la provincia ese mes”. Y con ese elogio la conversación se acaba. El arquitecto cuelga: debe partir a la casa salpicada por las olas. Tal vez allí se inspire. Y el cielo vuelva a ser su único límite.